May 3

Me siento como si acabara de salir del mar… o el mar me acabara de sacar.

De esas veces que eres niño (o ya no tanto) que te metiste emocionado porque todo mundo te dijo que el mar es toda una experiencia. Pero apenas pones el primer pie y te das cuenta que el agua está fría; superas el frío de los pies y te decides meter completamente. Aún no ha pasado la primera hora y crees que no es tan malo, ya tragaste agua salada, se te metió arena por todos lados y los ojos te arden, pero sigues ahí. Y entonces te llega el primer aviso de que con todo lo entretenido que te puede parecer y superando las molestias que le has encontrado, no es para tomarlo a ligera… la primer ola te pone sobre aviso: aquí debes estar atento.

Decides que las olas son parte de la aventura, así que avanzas más. Un poco de agua salada, toses, te tallas los ojos y parece que ya eres de ahí.

Y entonces, sin ningún aviso, pierdes piso, arriba y abajo son conceptos que dejan de tener sentido, estás tan desorientado que agradeces el primer golpe contra la arena, el raspón es lo de menos, ahora sabes donde está el suelo… intentas ponerte de pie, manos y pies buscan tocar el fondo. Te levantas confundido, hacía un minuto que disfrutabas lo que pasaba y ahora no entiendes como terminaste deseando salir de ahí.

Y es así como me siento: Un poco mareado, confundido, tragué mucha agua, di muchas vueltas sin saber donde estaba el piso, me entró agua al oído y me arden mucho los ojos. Las olas me siguen pegando, no volteo atrás y me encamino rumbo a la playa. Ya habrá un mejor momento para volver a intentarlo.