Hoy tenía muchísimas ganas de llegar al INM… pero muchas. Llegué a anotarme en la hoja de compañías para registrar mi laptop como usualmente lo hago: nombre, empresa, número de serie, asunto y hora de entrada. Luego el segundo registro para poner casi los mismos datos y que me dieran mi gafete con un numerito que dice 11.
Me encontré a Eloisa en la planta baja, después del hola como estás, saludito y demás acto protocolario, la espera en el elevador fue letárgica… parada en el piso 3, 8 y al final 11. Por fin, había llegado. Las puertas rechinaron y salí de ahí con aire triunfante -he vuelto- dije para mis adentros.
No tardé más de 10 pasos para ser recibido como persona que ha sido extrañada (poquito, digo, tampoco es que mucho), frases como Hola, qué milagro…, tenía mucho que no venías… y que guapo no se hicieron esperar. Yo seguía con la expresión inamovible y saludando cual estrella de cine (bueno no, nomás saludando).
Llegué a mi lugar y estaba que no cabía en mi… aventé mis cosas y salí corriendo para el baño porque en serio “no cabía en mí”, parecía que además del licuado y jugo me había tragado el agua con la que me bañé. Casi grito de la emoción y alivio: por fin llegué al piso 11 del INM y su oportuno baño.