Pues sí, el 21 de febrero del 2007, fue mi último día (y el de Root) en el INM. A casi una semana sigo en mi casa y haciendo una que otra actividad propia de la empresa (jeje, que mamila suena eso).
Me acuerdo a cada rato del INM, pero no de lo que hacía ahí o de las desveladas que nos aventamos por allá. Mis recuerdos (la mayoría) apuntan a la primer puerta del piso 11 entrando por el lado izquierdo… ¿pero por qué a una puerta? Pues bueno, la verdad es que la puerta en sí no tenía nada de particular, era café con una chapa dorada, de esas de oficina; lo mejor de esa puerta y el marco en el que estaba empotrada era cruzarlo: uno veía un escritorio y luego a ella, concentrada en el teclado y el monitor, para luego escuchar esa frase (que por cierto, me encanta y no me canso de escuchar):
¡Hola! ¿Cómo estás?
Yo sólo sonreía y decía: bien, muy bien. Era bien chido iniciar el día de trabajo con un saludo y una sonrisa de la persona a la que más quiero.
Hay muchos otros recuerdos, como el ‘ps ps ps, oye oye’ y yo sin voltear; ‘Hola chico’ y yo sin soltarle la mano; cuando nos presentaron; el ‘hace mucho calor’ y el ‘pues saliendo vamos por una chela’; son muchos, algunos no tan chidos como esos, pero todos ellos a fin de cuentas recuerdos.
Lo mejor del INM no fue el SIOM, alertas, ser líder de proyecto o cualquier otra cosa parecida. Lo mejor del INM fue conocerte y que ahora seas una parte tan importante de mi vida.
Te Quiero Mucho.